Al menos el 10 por ciento de las especies nacionales de orquídeas está en extinción.

Jorge Orejuela se define como un buscador de tesoros naturales.
Un día de 1981, llegó de casualidad al occidente de Nariño a buscar 30 especies de aves en la reserva La Planada. Pero sin quererlo, en medio de un recorrido por una quebrada cristalina llamada El Tejón, terminó recolectando orquídeas en miniatura que habían nacido entre cientos de árboles viejos.

Con los años, esta búsqueda rigurosa y paciente se le transformó en “una fiebre”. Fundó el Jardín Botánico de Cali -que aún dirige- y ya completó 20 años recorriendo bosques como conservacionista y buscador de esta flor, para muchos la más sugestiva del mundo.

Fotos aquí y allá, documentos, textos, hallazgos y un libro -Orquídeas en la niebla- que acaba de editar en equipo con la Universidad Autónoma de Occidente, donde es jefe del
departamento de Ciencias, para mostrarle al país que siempre que tengamos áreas silvestres bien conservadas, tendremos también el privilegio de disfrutar del descubrimiento de uno de estos tesoros de la flora, el equivalente a un jaguar o un oso entre los mamíferos.
“Las flores están allí para ser encontradas”, dice, en su intento por justificar su entusiasmo científico. Y agrega: “Las orquídeas han sido mi excusa para que la gente y los ambientalistas entiendan lo importante que es trabajar y diseñar estrategias por cuidar los bosques, escenarios vitales para el bienestar humano”.

Orejuela exalta y también denuncia. Dice que últimamente ya casi no se ve in situ, es decir, cerca de un río o dentro de la selva, y con la frecuencia de hace una década, un ejemplar de Cattleya trianae, la flor nacional de Colombia.


Para apreciarla, hoy es obligatorio ir a un vivero, al jardín de un aficionado, al archivo fotográfico de un biólogo o a una exhibición nacional. Ya ha sido declarada en vía de extinción, con el agravante de que no es la única que está en problemas. En el país, las orquídeas ocupan el primer lugar entre las familias de plantas con mayor número de especies amenazadas.

Según el Instituto Humboldt, de las cerca de 3.500 especies colombianas conocidas, y de otras 1.000 que ya están descubiertas pero que aún falta bautizar, hay seis en ‘peligro crítico’, 64 en la categoría ‘en peligro’ -grupo en el que figura la trianae- y 137 cuya existencia es ‘vulnerable’, datos que confirma el Libro Rojo de Plantas de Colombia.

Orejuela tiene otras cuentas. Basado en fuentes y en registros
históricos, dice que la cifra de orquídeas en extinción superaría las 371. Es decir, que el 10 por ciento de las especies existentes en Colombia podría desaparecer. “Esta es una estadística moderada, demasiado optimista, porque yo creo que los números pueden ser más altos. Falta investigación”.

La mayoría de orquídeas no crecen sino al pie de los árboles más antiguos, en bosques primarios y al lado de las micorrizas, un hongo que hace las veces de matriz para sus semillas, porque allí se reproducen en las condiciones climáticas y de humedad exactas.

Y precisamente por vivir allí es que la contemplación de algunas de las más asombrosas ha pasado de la cotidianidad a la exclusión, estrictamente por otro verdugo: la tala, que se extiende en los 32 departamentos. Análisis del Ideam explican que la deforestación avanza a una tasa de 238.000 hectáreas al año, impulsada incluso por los grupos armados para sembrar matas de coca.

Otros escollos para la flor son, según el Humboldt, las aspersiones con glifosato usadas con el fin de erradicar esos cultivos ilegales, así como las especies invasoras y la disminución de las poblaciones de insectos polinizadores causada por el uso de pesticidas en la agricultura.

El calentamiento global agrava el panorama, porque podría alterar los patrones de circulación de las neblinas y hacerlas pasar por encima de los bosques, lo que deterioraría su función como captadoras y reguladoras del ciclo hídrico. Y sin niebla, el hábitat que resguarda con mayor sigilo a las flores se acabaría. Se estima que de la trianae se ha perdido el 80 por ciento de su hábitat.

Orejuela pone el dedo en otro fenómeno fatal que ha causado ese retroceso: el tráfico. “Desde finales del siglo XIX, la extracción directa de orquídeas silvestres ha sido una empresa de grandes proporciones”. Él no olvida el caso de Robert Millican, un inglés que llegó a La Victoria (Caldas) y desde allí mandó millares de ejemplares a la Inglaterra victoriana. Fue un cazador profesional de plantas.

Hoy esta actividad, aunque a menor escala, continúa, sobre todo para fortalecer exhibiciones, y está ayudando a disminuir las poblaciones de los géneros Dracula, Pleurotallis, Cattleyya y Odontoglossum, en los que se agrupan las especies más admiradas.

Sin embargo, este botánico -que es a su vez uno de los pocos colombianos en tener un reconocimiento de la National Geographic por su trabajo en favor de áreas protegidas– dice que ese contrabando no significa nada frente a lo que ha representado la devastación de las selvas para darles paso a la agricultura y a la ganadería. Esto ocurre, además, sin que el Convenio Internacional para el Tráfico y el Comercio de Especies (Cites), enfocado en reducir el tráfico internacional ilegal de animales, controle su extracción.

El crecimiento urbano, la construcción de vías y otros proyectos de desarrollo también contribuyen a su precaria conservación. “Las orquídeas juegan un papel clave en la vida de otras especies y hábitats -agrega Orejuela-. Si los colibríes se consideran las joyas aladas del mundo natural, las orquídeas son los tesoros escondidos en la niebla”.
Jorge Orejuela, botánico

Por Javier Silva Herrera
Redacción Vida de Hoy

Fuente: El tiempo.com
“Las orquídeas juegan un papel clave en la vida de otras especies y hábitats. Si los colibríes son las joyas aladas del mundo natural, las orquídeas son los tesoros escondidos en la niebla”, afirma este investigador, autor del libro ‘Orquídeas en la niebla’ y fundador del Jardín Botánico de Cali.