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Los holoturoideos (Holothuroidea, del griego ολοθυριων (holothurion), ‘que se agita totalmente’),[1] conocidos vulgarmente como pepinos, cohombros o carajos de mar, son una clase del filo Equinodermos que incluye animales de cuerpo vermiforme alargado y blando que vive en los fondos de los mares de todo el mundo. Se conocen desde el Silúrico, hace unos 400 millones de años. Se conocen unas 1.400 especies.[2]
Pertenece al mismo grupo (Echinodermata) que los erizos de mar o las estrellas de mar aunque aparentemente no tienen la simetría pentarradial característica de los demás representantes de este grupo. Se consideran animales con una simetría bilateral secundaria, ya que internamente sus órganos y sistemas aparecen en un número múltiplo de 5, como en el resto de equinodermos, pero externamente su cuerpo alargado da la sensación de tener un solo eje de simetría. El cuerpo es musculoso, en forma de cilindro, y tiene una apertura bucal por un extremo que es rodeada por tentáculos. En el otro extremo se halla la abertura anal.

 

Características
Muchas especies rondan los 20 cm de longitud; las holoturias más pequeñas no exceden el centímetro, mientras que las de mayor tamaño alcanzan longitudes de 5 m (Synapta maculata).[2]

Son animales de aspecto vermiforme, adaptados a la reptación y con el cuerpo de forma prismática pentagonal. Las zonas radiales van provistas de pies ambulacrales, estando más desarrollados los inferiores, que tienen función locomotora, mientras que los que se sitúan en los dos radios dorsales tienen una función sensitiva.

La boca aparece rodeada de numerosos tentáculos que pueden ser simples, digitados (con proyecciones parecidas a dedos), pinnados (en forma de pluma) o peltados (aplanados y en forma de placa). Poseen un anillo calcáreo que rodea la faringe que sirve para la inserción de los músculos que mueven los tentáculos orales y los que contraen el cuerpo. En la mayoría de las especies, el esqueleto dérmico típico de los equinodermos está reducido a osículos microscópicos.[2]

Como en los demás equinodermos, el sistema vascular acuífero de los holoturoideos consiste en un anillo anterior del que parten largos canales que discurren hacia la parte posterior del cuerpo. Con excepción de los Elasipodida, poseen un madreporito que se abre en el celoma, lo que contrasta con lo que ocurre en el resto de equinodermos (y en Elasipodida) en los que el madreporito se abre al exterior.

Muchas especies, excepto los miembros de Elasipodida y Apodida, poseen árboles respiratorios usados en el intercambio de gases; se trata de tubos pareados muy ramificados unidos al intestino cerca del ano; este tipo de respiración (respiración cloacal) se da también en los equiuroideos un grupo de gusanos celomados no relacionado con los aquinomemos.[2]

 Biología y ecología

 Hábitat

Las holoturias viven en casi todos los ambientes marinos, pero son más diversos las aguas saladas poco profundas de los arrecifes coralinos. Habitan desde el medio intersticial, donde pueden quedar expuestos en la marea baja, hasta las profundas fosas oceánicas. Muchas especies viven enterradas en sedimentos blandos, siendo por tanto bentónicas; pero muchas pueden nadar, y algunas incluso son miembros del plancton, flotando a merced de las corrientes.

Alimentación

Los holoturoideos se alimentan de detritos, algas, en algunos casos de plancton.

 Reproducción

Las holoturias se reproducen por vía sexual. Las larvas, de vida planctónica, se denominan auricularias.

 Mecanismos defensivos

Las holoturias presentan varios mecanismos defensivos. Cuando algún depredador intenta atacar a las holoturias, estos animales logran sobrevivir expulsando sus vísceras para que el depredador se distraiga comiendo tales órganos, los cuales después regeneran. También utilizan hilos mucosos pegajosos que proyectan sobre posibles agresores para irritarlos o inhabilitarlos; además, en algunos casos contienen toxinas (holoturinas). Como defensa contra los parásitos los pepinos de mar sintetizan una proteína, llamada lectina, la cual inhibe el desarrollo de posibles parásitos; es por este motivo que desde el 2007, por métodos transgénicos, se intenta que los mosquitos y otros huéspedes de parásitos que producen enfermedades peligrosas para el ser humano puedan producir lectina (obtenida por trasplantes de cromosomas del pepino de mar); ya está demostrado que la lectina destruye en las vísceras del posible huésped los oocinetos de parásitos microscópicos como los que provocan la malaria.[cita requerida]

Fuente: Wikipedia

Nota: Pedir un plato de sushi puede contribuir a la matanza de unos pequeños animales que habitan en el lodo de los fondos marinos. Los holoturios, vulgarmente conocidos como pepinos de mar, viven de los sedimentos oceánicos, al tiempo que los enriquecen y constituyen la base de una cadena alimentaria cuya interrupción deterioraría la biodiversidad del planeta.

Otra información muy importante sobre el pepino de mar:

Se conocen alrededor de mil 200 especies en el mundo, de las cuales menos de un centenar son aprovechadas por el hombre. Algunas de ellas llegan a pesar dos kilogramos y a medir un metro de longitud. Las holoturias han sido encontradas en todos los océanos del planeta y a todas las profundidades conocidas, incluso en las ventilas hidrotermales, esas chimeneas del fondo marino por las que sale lava y gases sulfurosos. Viven sobre el suelo, enterrados en la arena, sobre o debajo de las rocas y entre los corales. Se alimentan del sedimento y con ello mantienen limpio el suelo de materia orgánica.


Pepino de mar, Parastichopus parvimensis
Foto: D. Herrero

Los pepinos de mar son inofensivos y entre los pocos depredadores que tienen se encuentra el hombre. Como mecanismo de defensa, suelen eviscerar (expulsar las vísceras por el ano o a través de la pared corporal) para distraer al enemigo, que luego regeneran en unos cuantos meses como si nada. Entre las vísceras existen unos filamentos pegajosos llamados túbulos de Cuvier, los cuales se adhieren al depredador y lo inmovilizan. Estos túbulos contienen grandes cantidades de substancias tóxicas u holoturinas y resultan fatales para algunos organismos. A los humanos no les afecta mucho, aunque algunos ingenuos han sufrido inflamación de la piel después de haber estado en contacto con dichos filamentos, pero son casos aislados. Por diversas razones, el pepino de mar se aprovecha para su consumo o como medicina contra el dolor y malestares musculares, estomacales o respiratorios. Los científicos han descubierto que las holoturinas parecen ser las responsables de estas propiedades benéficas. Estas substancias eliminan bacterias, hongos e incluso tumores cancerígenos y su poder para eliminar el dolor supera al de la morfina. También se cuenta por ahí que son afrodisíacos, pero de esto no existe evidencia alguna, así que ni se emocionen. Los chinos fueron los primeros en aprovecharlos y lo hacen desde hace miles de años. Sin embargo, la costumbre se ha ido extendiendo a muchos países incluyendo a México. Los animales se extraen mediante buceo, aunque algunos pueden recogerse caminando cuando baja la marea. Una vez capturado se cuece en agua de mar y se seca al sol o se ahúma. El producto seco se conoce como bêche-de-mer, altamente cotizado en los países orientales. Independientemente de la razón de su uso es innegable que el pepino de mar cuenta con una gran demanda y se mueven millones de dólares por la importación y exportación de algunas de sus especies. Como cada vez se necesita sacar más pepino, muchas de las pesquerías principales en el mundo han visto mermadas sus poblaciones por el exceso de pesca e incluso han tenido que protegerlas de la extinción. En efecto, las capturas mundiales han disminuido en más del 50 por ciento de un año a otro y nuestro país no es la excepción. Un tremendo problema es la falta de estudios y de medidas de control. En México, la captura de pepino de mar se inició a finales de los años ochenta del pasado siglo, extrayéndose dos especies: Parastichopus parvimensis en la costa occidental de la península de Baja California, y la mas importante, Isostichopus fuscus, en el Golfo de California. Las capturas de esta última llegaron a superar las mil toneladas en 1991; sin embargo, a solo cinco años de haberse iniciado la pesquería las autoridades la declararon en peligro de extinción y prohibieron su captura, decisión tomada sin el apoyo de estudios científicos y evaluaciones del recurso. Obviamente, los pescadores no recibieron con gusto tal decisión, pues las ganancias por esta actividad superaban el millón de dólares en 1993. En su descontento, realizaron mítines y marchas para que se reabriera la pesquería. Argumentaban que Isostichopus fuscus no estaba en peligro de extinción y que podía extraerse bajo un plan de manejo adecuado.


Pepino de mar, Isostichopus fuscus
Foto: D. Herrero

Actualmente, ya no se considera en peligro de extinción aunque aún permanece en la lista de especies protegidas, por lo que su pesca sigue prohibida. Otro problema agrava la situación de este pepino: la pesca furtiva que pone en riesgo a las poblaciones, ya que no se respeta ningún tipo de medida regulatoria. Dato curioso: la captura ilegal comenzó a observarse en los años posteriores a la prohibición. ¿Y que pasa con Parastichopus parvimensis? No presenta síntomas de sobreexplotación a pesar de que ambos pepinos se han explotado bajo el mismo régimen y con la misma intensidad. ¿Por qué será? La respuesta de una población a la sobrepesca dependerá de sus características biológicas y modo de vida. Especies grandes crecen lentamente, viven muchos años y forman poblaciones poco abundantes; se reproducen con poca frecuencia y comienzan a hacerlo a edades tardías. Debido a esto, les cuesta mucho trabajo recuperarse en casos de extracción masiva y tienden a extinguirse con facilidad. Tal es el caso de Isostichopus fuscus, que puede vivir casi 20 años, pesar casi un kilo y además comienza a reproducirse hasta los cinco años. Pero otro caso es el de las especies pequeñas, que crecen rápidamente y comienzan a reproducirse a edades muy tempranas, suelen vivir pocos años y forman poblaciones numerosas, requiriendo menos tiempo para recuperarse. Parastichopus parvimensis es un buen ejemplo: pesa menos de medio kilo, comienza a reproducirse a los dos años y no vive mas allá de seis. Resalta entonces que estas dos especies de pepino de mar no pueden explotarse de la misma manera, pues por sus diferentes tasas de recuperación se corre el riesgo de extinguir una de ellas. En conclusión, no todo el pepino de mar se encuentra en crisis en México. La culpa no es toda del exceso de pesca, también influye el desconocimiento sobre las especies de interés. Dicha información facilita el establecimiento de medidas de control adecuadas, que sean correspondientes a las características biológicas de cada una y que permitan la conservación de las poblaciones y a su vez mantenerlas productivas. Por ello urgen investigaciones y estudios diversos enfocados a lograr lo anterior.

Fuente:
Ma. Dinorah Herrero Perezrul y Ernesto Chávez Ortiz
Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas, IPN, La Paz, BCS Correos electrónicos: dainoper@hotmail.com echavez@ipn.mx

www.jornada.unam.mx/2003/03/31/eco-g.html